1/7/09

Nadie te creería

Voy a contar un secreto:


Cuando yo era chico a mi mamá se le zafaba la cabeza. Era insoportable verla así. Temía que nunca volviera a colocársela, entonces yo debía hacerlo. También pasaba que mi padre volvía del trabajo sin sus brazos y yo debía señalarle que los había olvidado o se los habían quitado. A veces volvía tan cansado que no quería regresar y decía que al otro día iría por ellos. Pero yo no aguantaba la idea de que alguien los tomara y no volvieran a aparecer. Los buscaba. El caso de mi padre era complejo pues cuando discutía con mamá se quedaba sin rostro. Y debía de ser yo quien, con mucha paciencia y sin asustarme, le colocara primero la nariz, para que pudiera respirar, luego la boca. Los ojos siempre al final, para que no se asustara. Ella también quedaba mal, se le desarmaban las piernas y era incapaz de ir a ninguna parte. Aprendí a colocarle las rodillas, los pies, y al rato caminaba aunque sus primeros pasos eran muy pesados. A mi papá lo corrieron del trabajo varias veces, y en cada ocasión tardó días en regresar a casa. Mi madre pasaba del susto al enojo, pero no salía a buscarlo, entonces iba yo. Una vez no me reconoció y no quería volver conmigo pues no sabía quién era ni a donde lo llevaría, se quejaba. Tuve que mentirle para que me siguiera.

Trabajé tanto que, durante esos años, me dormía sobre el pupítre. Sin embargo nadie se burlaba ni los maestros me castigaban, pues sabían lo que ocurría en casa. Vivíamos en una ciudad pequeña, de ésas en las que todos se conocen. Lo cierto es que no me dormía por que tuviera sueño, era algo mas bien raro. El maestro empezaba a hablar y yo sentía una plácida somnolencia que me invadía. Tuve tres maestras y dos maestros, de distintas edades, pero todos tenían algo suave en la voz, como un ronroneo, un sonido aterciopelado en la garganta. Era tan extraño que no podía prestar atención a lo que decían sino a ese sonido. Me concentraba en él, como cuando uno lee un libro que lo atrapa, y según yo eso hacía, pero según los demás me había dormido.

Luego regresaba a casa y tal vez debía calentarme algo para comer o quizá mamá había cocinado algo delicioso y papá había comprado un vino caro y eran muy felices. Entonces yo también, y éramos muy felices. Su felicidad no se podía comparar con nada en el mundo. Era la única cosa capaz de hacerme olvidar el sonido de las voces de mis maestros, por que ella sola, esa felicidad, era suficiente. Una de esas ocasiones mi padre dijo una frase que me quedó para siempre: "La vida es una gran fuente, y si uno tiene un recipiente sano, hasta la más pequeña taza sirve para calmar la sed". Y me despeinó con su mano. Entonces no entendí que había querido decir, hoy sí. Pero esos momentos radiantes eran muy frágiles, no duraban, por que ellos eran como un recipiente roto, por usar sus palabras, y se ve que nada de esa fuente les era suficiente, quiero decir, todo se les volcaba. Y eran muy infelices y tristes, y se les caía el rostro, los brazos, o perdían la cabeza, que es lo que conté antes. Hasta que llegaban otra vez esos momentos de felicidad incomparable.

Una noche una mujer me sacó volando de mi casa. Me sentó frente a una mesa llena de manjares. Sándwiches de tres o cuatro capas, refrescos de todos los gustos, dulces y quién sabe que cuántas cosas más. Llenó mis bolsillos de dinero, se agachó para estar a mi altura y dijo, amablemente: "No es tarea de un niño hacer esos trabajos por sus padres". Pero si no los hago yo, ¿quién los hará?, le replique. "Quizá nadie, pero no debe hacerlos un niño", insistió. Pero si no los hago nadie lo hará. Y entonces esto fué lo que me respondió: "Hay que dejar que nadie lo haga". Y me devolvió a mi cama. Y ése es mi secreto.

Luis Pecetti.

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